El horizonte en la Platja dels Eucaliptus

El horizonte en la Platja dels Eucaliptus (Delta de l’Ebre, Tarragona)

El ritual de ir a la playa cuando era pequeño solía ser siempre el mismo. Levantarse, desayunar, hacer bocadillos para todos, ducharse, coger las cosas, ver que no nos dejábamos nada (3 niños pequeños siempre hacen ir un poco de cráneo, dicen), meternos en el coche, hacer 20 minutos de trayecto como mínimo y una hora cuando íbamos muy lejos, plantar la sombrilla y las cosas, ponernos protector solar (siempre hemos sido todos bastante blancos) y al agua.

Cuando ya llevábamos un rato en remojo, mi madre nos llamaba para que saliéramos del agua a comer. A esa hora ya se había descongelado buena parte del agua que había en la botella y teníamos agua fría y bocadillos de pan con tomate y salchichón, jamón en dulce o chorizo, según hubíeramos dicho por la mañana a quien le tocara hacerlos, y nos poníamos a comer. Normalmente todos apretados bajo la sombrilla. Pero como que yo quería aprovechar al máximo el rato de agua, me comía el bocadillo con los pies en el agua. Durante ese rato, y mientras esperaba a que me dijeran que ya me podía bañar tras haber hecho la digestión, solía quedarme un buen rato embobado mirando al mar, pero no a cualquier punto. Miraba “la raya”, el horizonte.

Recuerdo una conversación, no sé si con mi padre o con mi madre. Yo ya sabía que la Tierra era redonda… pero no entendía cómo podía ser posible que la tierra fuera redonda… y se viera una línea tan clara del límite! Ahí deberían verse las Baleares o incluso África! Pero no. La línea era absolutamente recta y no había ninguna imperfección o ninguna cosa que sobresaliera. Le pregunté que cómo podía ser eso, que qué era el horizonte y por qué era tan recto y, lo que más me inquietaba: qué pasaba al llegar allí!

Me dijo que el horizonte era, simplemente, el sitio donde ya no se ve más allá de la tierra porque esta baja como si fuera una montaña, y que por eso no se veía más allá, pero que los barcos nunca llegan al horizonte como tal, no es un desnivel ni un cambio de rasante ni nada. Y me dijo una cosa que me dejó muy intrigado: “tú ves el horizonte muy lejos, pero ese barco que hay allí y que te parece que tiene el horizonte muy cerca lo ve tan lejos como tú”. Es decir: es imposible alcanzar el horizonte.

Este verano he estado en Deltebre, en el corazón del Delta del Ebro y he podido visitar todas las playas del Delta. Allí, lejos de Barcelona, con viento y con playas relajantes y tranquilas, me he vuelto a quedar embobado mirando el horizonte. En realidad el horizonte no deja de ser aquello a lo que aspiras, aquello que te mueve, aquello que te hace avanzar y que da un sentido a tus pasos, pero no hay que olvidar una cosa: nunca alcanzarás el horizonte, que no sea este tu objetivo.

Cuando uno hace un Business Plan o quiere presentar su empresa, suele incluir tres ideas: Visión, Misión y Valores.

Con esto podemos hacernos una idea de cómo son, qué quieren, y cómo lo quieren conseguir.

La visión es el horizonte. Aquello a lo que aspiras, el sueño, la ilusión, lo que te ha hecho llegar hasta allí y lo que guiará tus pasos. No deja de ser el PORQUÉ de la empresa.

La misión es la meta. Aquello que estás construyendo, lo que conseguirás, lo que entregas, tienes entre manos y creas. Es el QUÉ de la empresa, siguiendo la analogía anterior.

Los valores son la forma de conseguir aquello que nos hemos propuesto. Y es tan importante como las otras dos, porque es la que dice cómo trabajamos, cómo conseguimos lo que conseguimos…

Esto, que lo aplican cada día las empresas, te lo has aplicado alguna vez a ti mismo?

Te has planteado cuál sería tu visión, tu misión y tus valores?

Ya no es decir “qué quiero ser de mayor”, es decir qué es lo que me hace feliz? Qué es lo que, sin querer, tengo todo el día en la cabeza? Porque eso es lo que realmente te mueve.

Y tu misión? Te pones objetivos a medio y corto plazo? Miras qué es lo que te gustaría hacer e intentas perseguirlo? Analizas por qué no lo has conseguido y vuelves a intentarlo?

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